
Poemas
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Federico García Lorca
Soneto de la dulce queja
Tengo miedo de perder la maravilla de tus ojos de estatua y el acento quede noche en la mejilla la solitaria rosa de tu aliento (…) Si eres tú el tesoro oculto mío, si eres mi cruz y mi dolor mojado, si soy el perro de tu señorío No me dejes perder lo que he ganado y decora las aguas de tu río con hojas de mi otoño enajenado
Estampa del cielo
Las estrellas no tienen novio. ¡Tan bonitas como son las estrellas! Aguardan a un galán que las remonte a su ideal Venecia. Todas las noches salen a las rejas, ¡oh cielo de mil pisos! y hacen líricas señas a los mares de sombra que las rodean. Pero aguardad, muchachas, que cuando yo me muera os raptaré una a una en mi jaca de niebla.
Canción otoñal
Hoy siento en el corazón un vago temblor de estrellas, pero mi senda se pierde en el alma de la niebla. La luz me troncha las alas y el dolor de mi tristeza va mojando los recuerdos en la fuente de la idea. Todas las rosas son blancas, tan blancas como mi pena, y no son las rosas blancas, que ha nevado sobre ellas. Antes tuvieron el iris. También sobre el alma nieva. (…)
Rosario Castellanos
Bella dama sin piedad
(…) Y saluda desde su antepasado pálido por la muerte porque no es el cisne. Porque si la señalas, señalas una sombra en la pupila profunda de los lagos y del esquire solo la estela y de la nube El testimonio del poder del viento. Presencia prometida, evocada. Presencia del posible instante en que cuaja el cristal En que se manifiesta el corazón del fuego. El vacío que habita se llama eternidad.
Amanecer
¿Qué se hace a la hora de morir? ¿Se vuelve la cara a la pared? ¿Se agarra por los hombros al que está cerca y oye? ¿Se echa uno a correr, como el que tiene las ropas incendiadas, para alcanzar el fin? ¿Cuál es el rito de esta ceremonia? ¿Quién vela la agonía? ¿Quién estira la sábana? ¿Quién aparta el espejo sin empañar? (…)
Desamor
Me vio como se mira al través de un cristal o del aire o de nada. Y entonces supe: yo no estaba allí ni en ninguna otra parte ni había estado nunca ni estaría. Y fui como el que muere en la epidemia, sin identificar, y es arrojado a la fosa común.
Marceline Desbordes-Valmore
Los sollozos
[…] Cuando la ola de días va agostando mi flor, el purgatorio veo al perder el color. ¡Si es cierto lo que dicen, es preciso ir allí, Dios de toda existencia, para llegar a ti! Allí habrá que bajar, sin más luna ni luz que el peso del temor y del amor la cruz. […]
Las rosas de Saadi
Quise hoy de mañana regalarte unas rosas pero tantas me puse en mi traje ajustado que los nudos apenas pudieron contenerlas. Y saltaron los nudos. Y volaron las rosas con el viento hacia el mar: me habían abandonado. Y siguieron y el agua no quiso devolverlas. Volviese roja el agua, pareció llamarada. Esta noche mi ropa sigue aún perfumada… Ven y respira en mí su fragante llamada.
¡El infierno está aquí! El otro no me asusta…
(…) como el ave caída teme por su albedrío. A un recuerdo mis brazos vuelvo a abrir tristemente, y mi alma más cercana el purgatorio siente. Sueño que estoy en el teas la muerte llevada, como una esclava indócil, al fin de la jornada, cubriendo con las manos el semblante abatido, pisando el corazón por tierra malherido. (…)







